E.Y.T.A.

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Escuela de Crecimiento Personal

ARTICULOS


EL ESPÍRITU DEL YOGA

A lo largo de los tiempos, el ser humano siempre ha anhelado algo tan simple como “saber vivir” la vida. Y la propia simpleza de ese planteamiento es lo que, precisamente, nos ha alejado de su realización. Se han propuesto muchos caminos (métodos, filosofías, escuelas de pensamiento…) para llegar a esa meta. El yoga, desde sus inicios perdidos en el tiempo, ha sido y es uno de los más certeros en su planteamiento:

-claro en objetivos
-directo en la práctica,
-contundente en sus resultados.

Sin embargo, algo ha debido fallar con el transcurrir de los años. Lo que comenzó siendo una enseñanza esotérica, transmitida de maestro a discípulo de forma oral, se democratizó abriéndose las posibilidades de la práctica a una generalidad de personas. Y, no obstante, los objetivos de esta disciplina no terminan de ser alcanzados. Más aún, pareciese que en ocasiones alejan más de la realidad al practicante.

¿Cuáles son los obstáculos?, ¿qué extraña “cercanía al árbol” nos impide ver el bosque?. No se trata de hacer una simple enumeración de aquello que no aporta nada al camino, aunque quizás esa enumeración nos permita alzar la mirada y ver un poco más allá del trasfondo que está limitando a numerosos practicantes. Pero antes, veamos algunos de los fundamentos que debieran caracterizar al espíritu de la práctica yóguica:

-No ser violento. Lo que significa no causar dolor a los cuerpos y tampoco agredir verbalmente a nadie –causa de trastornos emocionales-. Rehuir tanto la violencia hacia el entorno como hacia uno mismo.
-Decir la verdad. No siendo suficiente el no mentir sino que hay que vivir con integridad, esto es “ser verdad”. No hablar mal de las personas y ser honesto con nuestras convicciones.
-No robar. Por lo tanto no tomar aquello que no nos pertenece, dicho en el sentido más amplio. Ni siquiera el hacernos “merecedores” de un crédito que no nos es propio (méritos indebidos) o robarle el tiempo a alguien exigiendo una atención desmedida.
-Ser contenidos. Esto es, mantener el principio de moderación en todo sentido. Evitar ser esclavo de nuestro propio deseo.
-Estar satisfecho.

Estar contento con lo que se tiene y que aceptemos lo que el destino nos depara.
Desde el máximo respeto a estos principios, podremos realmente realizar la práctica de las posturas, para comenzar a aproximarnos a nuestra realidad última. Sin embargo, aquí es cuando aparecen las auténticas dificultades:

* Entendemos que la mejor práctica es aquella que se realiza con mayor dificultad y esfuerzo. Nos olvidamos, en consecuencia, de que no debemos violentar nuestro propio cuerpo. Que no debemos exigirnos más de lo que podemos dar. Que no hay un canon perfecto fuera de nosotros. Y lo más grave, es que en la mayoría de las ocasiones lo hacemos –me refiero, a dejarnos arrastrar por las indicaciones de algún maestro- por simple inercia, sin cuestionarnos sobre el porqué de una práctica tan compleja o tan abusiva o tan lesiva.

* Entendemos que la mejor práctica es aquella en la que con cada sesión incrementamos nuestra flexibilidad, por el simple placer de hacerlo; o que nos abstrae más de nuestra realidad sin confrontarnos a ella (para percibir, a la postre, que ni siquiera es lo que creemos que es). Nos olvidamos, en consecuencia, de estar satisfechos de lo que somos, cómo somos y de hacer lo que hacemos en este momento. Poco a poco nos alejamos de la conciencia del aquí y el ahora, sustituyéndola por un proyecto de lo que posiblemente seremos.

* Entendemos que la mejor práctica es aquella que recibe los elogios del monitor que “premia” nuestro compromiso y entrega. ¿Qué hay del saber que nos dice: “Enciende tu propia luz. Sé tu propio maestro y sé tu propio discípulo”?. En realidad, ¿no estamos buscando la satisfacción de nuestro ego? Y, si fuese así, ¿existe algo que nos aparte más del camino hacia nosotros mismos?.

* Entendemos que la mejor práctica es aquella que nos permite olvidarnos de nosotros. Y entonces ¿cómo reconocernos si no nos “vemos”?, ¿cómo sublimar aquellas emociones, deseos, sentimientos que al aparecer en la práctica se excluyen porque nos alteran?, ¿cuál es entonces el sentido del yoga?.

Muchas son las dificultades actuales para el yogui o la yoguini, envuelto en una realidad desaforada que engulle practicantes para satisfacer insanos deseos de destacar, de hacernos distintos frente al entorno, de “rentabilizar” un negocio de técnicas alternativas… Y para ello, con muy pocos escrúpulos, prometemos la iluminación (el nirvana, el samadhi, la liberación absoluta), sin hacer entender que sin la observancia del espíritu del yoga, todo se convierte en una mera farsa o burla de aquello que pudo ser.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.



LA EMOCIÓN Y EL SENTIMIENTO
EN EL YOGA FÍSICO

Si bien conocemos los beneficios físicos de la práctica habitual del hatha-yoga, no es menos cierto que el entendimiento de las restantes posibilidades que ofrece han quedado casi siempre relegadas a un segundo plano.

Partiendo de las definiciones de la EMOCION como “el estado particular de un organismo que sobreviene en condiciones muy definidas, acompañada de manifestaciones somáticas y viscerales” y del SENTIMIENTO como “la propia percepción subjetiva de la situación o, dicho de otro modo, la relación de la persona consigo misma en circunstancias particulares (en definitiva, los modos de inserción personal en la existencia)”; cabe establecer la clara utilidad del yoga físico como tamizador de los citados sentimientos y, a la postre, como catalizador de la propia emocionalidad.

No se trata de establecer que el yoga sea la panacea y que su realización lleve al practicante a un control absoluto de su vivencialidad interna en las situaciones diarias de forma inmediata, pero sí a un manejo consciente y voluntario de las reacciones hasta ahora desbocadas e incontroladas. La emoción puede presentarse, al ser un estado particular del organismo, de forma súbita ante la aparición de una vivencia (resulta inevitable, por ejemplo, al ver un accidente que sintamos un “vuelco” en nuestro estómago). Sin embargo, el sentimiento que acompaña a ese estado emocional y que es producto de la acumulación de experiencias y vivencias previas que trastocan, manipulan, alteran y –lo peor- prejuzgan la situación y la reacción ante ella, éste sí puede ser dirigido y encauzado por el practicante de yoga.

Entendámoslo mejor con un ejemplo: vamos a una celebración y a la hora de la comida hacemos el comentario “yo eso no lo puedo tomar porque tengo el estómago muy delicado” y añadimos “HERENCIA DE MIS PADRES”. Hecho objetivo: estómago delicado; hecho subjetivo: la carga añadida a la propia situación (¡ya me podían haber dejado otra “herencia”!, ¡hay que ver que fastidio siempre con esto del estómago!, ¡mira que soy delicado para todo!, etc). Evidentemente esta concepción involuntaria y subjetiva nos limita y nos impide vivir el momento de una forma mucho más natural y alegre: aceptar la posible limitación (también podría verse el motivo de la “dolencia” de estómago, aunque esto será objeto de otro artículo) y simplemente elegir aquellos alimentos que nos sean más adecuados.

Así planteado el tema hay que destacar que las posturas (asanas) que realiza el practicante conllevan una serie de beneficios físicos mecánicos por su propia ejecución (por caso, masaje en el paquete abdominal por compresión del estómago con los muslos, estiramiento de la musculatura de la espalda por la flexión del cuerpo hacia delante…), pero además dichos asanas conllevan un significado y una simbología específica de tipo emocional y sentimental.

Al mantenerse estables en la ejecución de esta disciplina, siguiendo los preceptos propios e inherentes a la definición del hatha, esto es realizar el asana cumpliendo los tres gunas del Samkhya –rajas, tamas, sattvas-, comenzamos a poner bridas a la mente con lo que podemos controlar poco a poco la constante perturbación a la que estamos sometidos. La mente comenzará a acallar y, en consecuencia, irá apareciendo en escena una percepción más nítida y objetiva (ecuanimidad) de todo lo que vivimos. El color del cristal con el que miramos, habitualmente empañado, empezará a estar limpio.

Los sentimientos negativos y destructivos (así como los positivos, por generar apegos y deseo de repetir experiencias que nos reproduzcan el mismo sentimiento –hecho por otro lado imposible: “nunca nos bañamos dos veces en el mismo agua de un río”-) comienzan a ser identificados y, desde ese momento, ya pierden fuerza y su control sobre nosotros. Seguir en este camino representa que, a la larga, seremos capaces de profundizar más en el propio estado vivencial y también aprender a manejarlo para no ser simples marionetas de una emocionalidad desequilibrada y manipulativa.

Para hacernos una idea ligera de la utilización del yoga físico en lo tocante al campo de lo sentimental y lo emocional, observemos la relación de los tipos de flexión con algunos de estos aspectos:

-Flexión anterior:
introvesión, recogimiento, aislamiento, separación, individualización…

-Flexión posterior:
expansión, comunicación, extroversión…

-Flexión lateral:
apertura, manifestación objetiva –sin máscaras-, hermandad….

-Flexión oblícua:
adaptación desde la individualidad, colaboración…

-Torsión:
relación, reconocimiento del entorno, capacidad de adaptación…

Todas las características citadas tiene, por supuesto, sus aspectos contrarios y sólo la observación minuciosa y delicada de un buen/a profesional del yoga físico permitirá discernir que grupo de posturas o, mejor aún, que combinación de posturas por tipos de flexión deberán ser ejecutados por el practicante en la sesión, para su mejor provecho.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.


LA ESTRUCTURA DE LA SESIÓN DE YOGA

La forma de ejecutar la sesión de yoga puede ser enfocada de muy diferentes maneras, siempre que el fondo no se diluya en ella. Dicho fondo o lo que es lo mismo la finalidad del yoga, repetida en innumerables ocasiones –tantas como veces es olvidada y quebrantada-, es la “eliminación de toda perturbación mental”.

También ha sido puesto de manifiesto en multitud de ocasiones que para alcanzar dicha finalidad es necesario cumplir con los tres “aspectos” básicos de la práctica: rajas, tamas y sattvas (hacer, permanecer y atención/conciencia). Que la vulneración de algunos de estos aspectos implica el incumplimiento de la unidad que caracteriza al yoga y, en clara consecuencia, la imposibilidad de alcanzar los beneficios prometidos por esta técnica.

Visto así, y sea como fuere el método que empleemos para realizar la sesión de yoga –con toda independencia de duración o frecuencia en la práctica, la escuela, el centro, el estilo, el maestro, el profesional, el gúru, etc-, parece prudente establecer que los pasos a seguir han de ser los que realmente son.

No se trata de “complicar” la sesión o de “añadir dificultad” a los asanas. Tampoco se trata de iniciar la práctica con movimientos más o menos atléticos o con respiraciones intensas –incluso a veces agotadoras o sofocantes-. Mucho menos se trata de llevar al alumno a extremos de resistencia “virtuosa” con su cuerpo, rayando en el contorsionismo (porque si fuera así, ¿qué podríamos hacer aquellas personas que nos encontramos limitadas por una dolencia física crónica, o simplemente aquellas personas que tengan alguna disminución física, sean gruesos, poco flexibles, mayores...?).

Desde estos presupuestos se tiene que entender que la sesión de yoga debe seguir una estructura claramente definida: la tonificación, los asanas, el pranayama y la relajación. Todos y cada uno de estos componentes de dicha estructura cumplen su cometido y, por ello, han de ser escrupulosamente respetados:

-La tonificación o conjunto de movimientos iniciales, se realiza para preparar a los músculos y las articulaciones a los estiramientos y contracciones a los que se verán sometidos con la ejecución de las posturas. Además la tonificación cumplirá el objetivo de permitir al alumno que, a través de la atención en su cuerpo al realizar dichos movimientos y la respiración que ha de llevar acorde a ellos, vaya “centrando” su mente dispersa y excitada por un entorno y una actividad frenética a la que se ve diariamente sometido. En consecuencia la supresión de la tonificación inicial conlleva: dolor en la realización de los asanas, incremento en el riesgo de lesión muscular/articular y dificultad en desarrollar la atención en las posturas. Por supuesto, no es necesario insistir en que este conjunto de movimientos ha de ser progresivo, suave, coordinado y siempre acorde a las “posibilidades” del alumno.

-Los asanas o grupos de posturas ideados como un conjunto de posiciones corporales consiguen, mediante el juego de contracción/estiramiento, un efecto de tonificación/sedación en todas las zonas corporales del practicante. La atención mental durante la permanencia en la postura –inmovilidad en el punto que hayamos alcanzado en el asana-, conseguirá desarrollar de forma paulatina un sosiego mental característico de esta disciplina.

-El pranayama o técnica respiratoria, después de haber preparado al cuerpo (tonificación) y de haberlo masajeado y serenado (grupo de asanas), servirá como elemento “recargante”. Por supuesto, no habrá que obviar además los beneficios específicos e inherentes a cada una de las respiraciones, como elementos que incidirán directamente en el alumno.

-La relajación final ofrecerá un tiempo inestimable para que todo aquello que ha sido “movido” durante la sesión se “recoloque” proporcionando como resultado final el SERENO VIGOR a toda aquella persona que haya tenido interés en realizar la práctica yóguica.

Obviar cualquiera de estos elementos estructurales de la sesión, es alejarse de la concepción clásica del hatha-yoga. Entonces será hablar, será practicar, otra cosa.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.



LA VISIÓN UNITARIA DEL YOGA FÍSICO

Al hatha yoga, a lo largo de los tiempos, se ha acudido con la esperanza puesta en alcanzar diferentes estadios: salud física, bienestar general, aquietamiento mental, liberación intelectual…. Para llegar a esos fines, descuidando quizás el aspecto más fundamental que es el entender que el fin real es la propia práctica yóguica, hemos tendido a remarcar en el practicante la idea de realización de los asanas (posturas), de mantenimiento en la inmovilidad y de conciencia en ello.

Hemos establecido un correlato básico en función del principio de somatización: si el cuerpo enferma por una inadecuación o inadaptación de la persona ante las situaciones “corrientes” (por cuanto habituales en el devenir diario del ser humano), podemos trabajar desde el cuerpo para modificar esa inadecuación o incapacidad en la resolución del conflicto.

Desde aquí, la realización de la sesión física es claramente beneficiosa por sí misma, tanto como preventiva de las dolencias futuras como coadyuvante en el tratamiento y corrección de la enfermedad ya manifestada. En esta línea las sesiones de yogaterapia son, sin duda, un arma para el occidental de indiscutible valía. Podemos afrontar de este modo molestias y malestares de toda índole y nivel de gravedad: problemas estomacales, ulceraciones, dispepsias, disfunciones intestinales, dificultades respiratorias (tanto obstructivas como restrictivas), problemas genito-urinarios (pérdidas de orina, útero caído), litiasis renales, ptosis gástrica, mal riego sanguíneo, alteraciones nerviosas, parestesias en las extremidades y un largo etcétera. Pero también cabe afrontar la práctica como una vía para la ayuda de las dolencias de tipo psicológico: estrés, angustia, depresión, ciclotímias, fobias, ansiedad…

En todo caso, siempre resultará necesaria y oportuna la inclusión de una o dos sesiones semanales de hatha en la apretada agenda de todos y cada uno de nosotros. Sin demoras, siendo indiferente cualquier otro elemento concurrente: poco importa que se sea deportista o ama de casa o ejecutivo o estudiante, tengamos salud o la hayamos perdido.

Sin embargo, siendo honestos, poco hemos ahondado en un aspecto que da auténtico sentido a los restantes mencionados: el emocional. Es cierto que el mero hecho de realizar una sesión física de yoga ya comporta notables beneficios visibles con la práctica reiterada (no olvidemos que estamos ante una disciplina y que, como tal, requiere el mantenimiento en el tiempo), pero no es menos cierta la importancia del conocimiento de lo que las posturas conllevan de significado emocional y simbólico para que el profesional que dirige la sesión sea capaz de valorar las necesidades no sólo físicas del practicante y establecer aquella secuencia de asanas que permitan afrontar de forma más determinante y duradera los beneficios prometidos por la práctica.

Hay que entender que una postura, por ejemplo, de flexión anterior proporcionará masaje al paquete abdominal y estirará la musculatura de la espalda y las piernas, pero además ese tipo de flexión induce a un profundo estado de introspección corporal. Por lo tanto, a lo físico podemos unir los beneficios psico-emocionales de la práctica. Dicho de otro modo, el grupo de posturas de flexión anterior -siempre considerado sólo como un ejemplo- serán muy adecuadas para aquellas personas dispersas, distraídas, excesivamente extrovertidas, poco centradas, con poco gusto por asumir responsabilidad…

Expuesto de este modo, cabe concluir que la sesión puede enriquecerse para incrementar los efectos benéficos, si la realizamos desde una óptica amplia sin perder de vista la consideración del ser humano como una entidad unitaria, comprendida desde una visión holística que abarque todos los aspectos del practicante.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.


LOS PROFESIONALES DEL YOGA FÍSICO

En la práctica habitual se cometen constantes errores que provocan no pocos malestares y dolencias, alejándonos cada vez más del camino adecuado para acercarnos al fin último del yoga: conocernos en nuestra totalidad y aceptar lo que se es.

Desde hace unos años el yoga viene sufriendo unas actuaciones imprudentes por parte de los denominados “profesionales”. La imprudencia viene amparada básicamente en la ignorancia.

demasiado frecuente que los practicantes al acudir a las escuelas, asociaciones o centros donde se imparte esta enseñanza se encuentre con instructores (en el mejor de los casos) y maestros/gurus (en el peor de ellos) que imponen una disciplina supuestamente basada en la tradición del yoga:

- Es muy probable que se realice una prueba de selección para determinar el “nivel” del aspirante a la práctica.
- Es muy probable que se exija una determinada “flexibilidad” al aspirante a la práctica.
- Es muy probable que se le exija una “actitud” casi devocional hacia el centro y el maestro al aspirante a la práctica.

Ni uno solo de esos requerimientos se acerca a la verdad del yoga.

No es necesario que el practicante sea esbelto, delgado, flexible…. ya que la realización de la sesión busca el que el alumno sea capaz de sentir lo que siente, en la punto de la postura (asana) que haya alcanzado. El establecer unos requisitos físicos de partida limitará la realización de la sesión a todos aquellas personas que no tengan una flexibilidad concreta o que presentan una disminución física (dado que ello conlleva imposibilidad de realizar cierto grupo de posturas según la limitación).

Lo que en realidad es importante es que el alumno ejecute el asana y lo mantenga con constante atención en la experiencia que está viviendo. El que no alcance la postura o simplemente no pueda realizarla podrá ejecutar cualquier otra variante que -evidentemente- tiene que ser conocida por el instructor/monitor (cosa difícil si el aprendizaje ha sido a base de tablas preestablecidas que se repiten de forma constante en cada sesión).

También se encontrará el practicante con estructuras de clase que más que inducir al sereno vigor propio del hatha-yoga, avocan a un estado de estimulación y sobreexcitación lejano a la finalidad de esta disciplina. Al interesarnos por el motivo de la ejecución de ciertos movimientos o de ciertas posturas podremos obtener respuestas poco convincentes: “siempre se ha hecho así”, “de este modo lo he aprendido yo”,“ si te molesta ya se te pasará, es cuestión de insistir” e incluso se llegará a “forzar” al alumno a que alcance estiramientos que no puede realizar.

En todo caso, el practicante tiene que ser muy consciente de su cuerpo y no permitir que alguien ajeno (por muy maestro/a que sea) le provoque malestar, llegando incluso a la lesión. Se llegará cuando se pueda llegar, si es que se llega. El yoga no premia a quien se estire más o a quien ponga la pierna más alta o a quien se mantenga en equilibrio sobre las yemas de los dedos. El yoga busca volcar la mirada hacia dentro siendo carente de espíritu comparativo, no importando si el que está a nuestro lado llega más o menos lejos que nosotros o si es capaz de permanecer más tiempo en el mantenimiento de una postura. La práctica cerrando los ojos nos acerca a nosotros y todo lo que sea intentar amoldarnos o imitar a un modelo exterior nos aparta del camino correcto.

En consecuencia, todo instructor que se encarga de realizar posturas difíciles de ejecutar, por mero lucimiento o autosatisfación egoica, está realizando una simple sesión gimnástica, más o menos meritoria, pero en ningún caso cercana al sentido de la disciplina que en teoría intenta transmitir. Y si además fuerza a sus alumnos a seguirle en ese empeño, está cometiendo un doble mal.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.


DESMITIFICACIÓN DEL YOGA FÍSICO

El hatha yoga o yoga físico es la forma básica de la práctica yóguica, entendida como la realización de asanas o posturas desde la inmovilidad, la permanencia y la atención mental en y durante su ejecución. Por eso, el yoga es “yugo” o “unión” pero con nosotros mismo, con esa parte mental y emocional que subyace en todas nuestras acciones, deseos e impulsos.

Desde aquí, y sólo desde este posicionamiento, es posible entender el yoga físico. Por este motivo es conveniente establecer cuáles son los “mitos” o “idealizaciones” realizadas sobre su práctica que –en no pocas ocasiones- son tan solo el deseo de los propios practicantes por encumbrarse y distinguirse de aquellos que no realizan esta disciplina:

MITO: para su práctica se requiere realizar dieta estricta o, mejor aún, ayunos.
DESMITIFICACIÓN: cierto es que se requiere un adecuado estado de alimentación para permitir que la manifestación corporal no sea la de un proceso incómodo de saturación, de indigestión, de intoxicación… pero, en ningún caso, es requerido un ayuno, una ausencia completa de ingesta de carnes, etc. Será suficiente con la limitación prudente de su consumo, conforme al sentido común propio y consustancial al ser humano. El ayuno, claro está, puede ayudar a modificar los estados psico-fisicos pero no es condición excluyente para que éstos puedan ser alcanzados sin su realización.

MITO: para su práctica se requiere una disposición física especial.
DESMITIFICACIÓN: en este sentido, la flexibilidad es algo que se adquiere con la práctica continuada y nunca más allá de la propia “disposición” corporal natural de cada uno. No se realiza mejor yoga físico porque la pierna sea situada tras la cabeza o porque seamos capaces de abrirlas 180º o porque podamos permanecer en una inversión sobre el cráneo o porque nos mantengamos en equilibrio perfecto sobre las manos… más bien, y en demasiadas ocasiones, esas posiciones corporales –realizadas sin la adecuada atención- no son más que exhibiciones que demuestran una actitud mental poco acertada del ejecutante. La realización de posturas no ha de convertirse en un ejercicio “circense” de máxima dificultad sino que, más bien al contrario, ha de ser simple, asequible, cercano a todos con independencia de las propias condiciones físicas. Sobre todo teniendo en cuenta que el yoga físico ofrece innumerables posibilidades para lograr los beneficios inherentes a él, desde muy diferentes asanas y sus variantes, respetando la predisposición personal o cada uno de los ejecutantes.

MITO: el yogui (practicante masculino) o la yoguini (practicante femenina) se liberan de todo proceso doloroso como resultado de la propia práctica.
DESMITIFICACIÓN: es conveniente conocer la distinción básica entre dolor y sufrimiento. Aquél caracterizado por la sensación displacentera a nivel físico y éste caracterizado por la incorporación a esa sensación de toda una serie de elementos emocionales que “engrandecen” y “enconan” la vivencia de dicho dolor. Digámoslo de otra forma: hecho objetivo tras un golpe, el malestar físico; hecho subjetivo, la elaboración psico-emocional incorporada a ese malestar (¡qué mala suerte!, ¡seguro que me he roto algo!, ¡soy tan patoso!, ¡lo que me faltaba!...). visto desde esta óptica, cabe establecer que el yoga físico –en su práctica continuada en el tiempo- ayuda a controlar de forma muy eficaz los componentes psico-emocionales añadidos al dolor, en definitiva el sufrimiento pero no a aquél; si bien, se aprenderá a sobrellevar de forma más digna, mejorando en cualquier caso la calidad de vida.

MITO: para practicar yoga físico se requiere un cuerpo esbelto y delgado.
DESMITIFICACIÓN: ningún texto clásico establece que el practicante tenga que “estar”, “mostrar” o “permanecer” en alguna forma física concreta. Más aún, dado que el yoga físico busca como fin último el alcanzar la “eliminación de las perturbaciones mentales”, dicha eliminación no requiere en ninguna circunstancia que el practicante sea delgado, alto, inteligente, guapo o elegante. Estos requerimientos son mas bien propios de “tendencias” o “escuelas” que se acercan a esta disciplina milenaria desde la “selección” previa del alumno, estableciendo una distinción entre los practicantes y aquellos que no lo son. Nadie deberá consentir que se le discrimine en la práctica sea cual sea su condición, edad o sexo.

MITO: todo practicante de yoga físico para alcanzar los beneficios prometidos, deberá acercarse o profesar el budismo o corriente filosófica o religiosa afín.
DESMITIFICACIÓN: el yoga físico participa de la búsqueda de la pacificación mental como medio de eliminar las perturbaciones y, a la postre, alcanzar el estado de tranquilidad natural de todo ser humano. Se busca ser “uno” consigo mismo y en este proceso no se requiere pertenecer o profesar religión alguna, ni acatar sistema filosófico “impuesto” como condición previa para alcanzar dicho estado de paz o tranquilidad. Que la persona que desee hacerse budista lo haga y que la que no lo desee no lo haga.

MITO: todo buen practicante de yoga debe acudir a algún ashram o visitar la India, como cuan y origen de esta disciplina.
DESMITIFICACIÓN: es muy adecuado que visitemos la India y sus ashram, en cuanto enriquecimiento personal pero sin ver en ello un fin y sin darle mayor alcance. Se debe y se tiene que aprender a practicar yoga aquí y ahora, sin más requerimientos, sin más exigencias, sin más condicionantes. Hay que tener claro que no se será mejor yogui o yoguini por haber contactado con un ashram y tan poco se será peor por no haberlo hecho. No podemos atentar contra el principio básico del yoga físico que es la integración cuerpo-mente allí donde nos encontremos, en cualquier momento y ante cualquier circunstancia. Hay lugares nobles y personas sabias entorno nuestro: la evolución personal no es algo que pueda ser garantizado con un viaje o con el simple contacto con una escuela o ashram.

En cualquier caso, no desperdiciemos más esfuerzo ni tiempo en otorgar credibilidad a tantos y tantos “mitos yóguicos” que no representan mas que limitaciones autoimpuestas por no pocas escuelas occidentales que establecen inadecuadas barreras (en cuanto inexistentes en la realidad) entre unos y otros.

El yoga físico es una actividad por y para cada uno de nosotros. Establecida como práctica hace milenios para que, mediante el trabajo personal y la aceptación de la responsabilidad de la dirección de nuestras propias vidas, consigamos el deseado estado de tranquilidad y felicidad inherentes al ser humano. En consecuencia, de los beneficios físicos, mentales y emocionales que conlleva su práctica somos merecedores todos: mujeres, hombres, jóvenes, ancianos, niños….

Desde ahora iniciad la práctica sabiendo que “la única dificultad es creer que es difícil y que la única limitación es creer que somos limitados”.

Enrique Rodríguez Mirón
Director E.Y.T.A.

1 comentario:

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